Intervención del Representante Permanente Adjunto, el Embajador de Palacio, sobre la cooperación entre la ONU y las organizaciones regionales en los procesos de estabilización.

Martes 20 de Julio de 2004

Nueva York, 20 de julio de 2004

Quisiera agradecer a la presidencia rumana del Consejo la organización de este debate público. Su celebración nos parece especialmente oportuna, después de transcurrido un año desde la sesión celebrada bajo presidencia mexicana sobre el asunto más amplio de la colaboración de la Organización de las Naciones Unidas con las organizaciones regionales en materia de mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.

España apoya plenamente el contenido de la intervención del Sr. Peter Feith, en nombre del Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común, D. Javier Solana. Ha expuesto claramente una visión europea acerca del papel que la UE desempeña en el contexto de nuestro debate de hoy.

Existe hoy consenso en el seno de la comunidad internacional sobre la necesidad de fomentar la cooperación entre las Naciones Unidas y las organizaciones regionales en los procesos de estabilización. La presencia tan importante hoy aquí de altos representantes de buena parte de esas organizaciones así lo atestigua. Es evidente que el marco de seguridad previsto cuando se redactó la Carta de las Naciones Unidas es nuevo y distinto, y debemos adaptar la Organización a los nuevos retos. Hoy las principales amenazas a la paz y seguridad internacional ya no provienen únicamente de los conflictos entre Estados, sino también de la proliferación de conflictos internos, de la existencia de los denominados Estados fallidos, del terrorismo, de las redes internacionales de crimen organizado, o de la degradación medioambiental.

Son retos muchos de ellos nuevos para la comunidad internacional, y por tanto la respuesta que ésta debe prever, ha de ser innovadora, aunque respetuosa de la legalidad internacional. Por ello consideramos que la cooperación entre las NNUU y las distintas organizaciones regionales, en el marco del capítulo VIII de la Carta de las NNUU, ofrece enormes posibilidades, de las cuales algunas ya han sido exploradas y han dado resultados en la práctica, pero en las que merece la pena seguir profundizando.

Las recomendaciones formuladas comúnmente hasta ahora para profundizar en esa dirección giran en torno a las siguientes propuestas generales:

- Fortalecer la relación del Consejo de Seguridad con las organizaciones regionales, así como las relaciones entre ellas mismas.

- Establecer un diálogo sistemático y sustancial entre el Consejo de Seguridad y las organizaciones regionales para asegurar la complementariedad de las acciones emprendidas a diferentes niveles, al tiempo que se preserva la primacía de la actuación del Consejo de Seguridad.

- La necesidad de aumentar y mejorar el intercambio de información entre el Consejo de Seguridad y las organizaciones regionales para hacerlo más periódico y más dinámico y de estudiar otras posibles modalidades para dicho intercambio.

- La necesidad de reflexionar sobre la contribución de las Naciones Unidas y los Estados Miembros al desarrollo de la capacidad de las organizaciones regionales para hacer frente a las amenazas en su región. Como ha quedado dicho, la UE hace un esfuerzo particular en este ámbito y anima a que otros Estados Miembros hagan lo propio.

- La posibilidad de que se desarrollen criterios generales con las organizaciones regionales sobre la mejor manera en que éstas podrían contribuir a la labor del Consejo de Seguridad. Es preciso reconocer que queda aún por hacer en este terreno una labor de mayor calado.

- El Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz debería profundizar un diálogo estructurado con las organizaciones regionales para examinar el modo en que las capacidades tradicionales del Consejo de Seguridad pueden complementarse con los recursos de dichas organizaciones.

Suscribimos plenamente la validez de las propuestas anteriores, pero querríamos insistir, particularmente, en que la cooperación entre las Naciones Unidas y las organizaciones regionales debe estar regida por, al menos, tres premisas.

La primera de ellas sería que la responsabilidad principal en el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales sigue estando en manos de este Consejo. La cooperación con las organizaciones regionales puede facilitar así el cumplimiento de los objetivos de las Naciones Unidas.

La segunda se refiere a la aplicación del principio de la complementariedad. Las NNUU deben beneficiarse de la ventaja comparativa que, sin duda, aportan las organizaciones regionales, a saber, una mayor rapidez de intervención y un mayor conocimiento del terreno -podríamos decir que en muchas ocasiones las organizaciones regionales pueden ser los ojos de las Naciones Unidas en el terreno- y una mayor cercanía con las poblaciones afectadas que permite incrementar en éstas la sensación de apropiación (u “ownership”). Pero no se trata de que las NNUU dejen de interesarse por determinados conflictos, sino que, con el objetivo de optimizar los recursos y agilizar la respuesta de la comunidad internacional, ésta sea llevada a la práctica por una determinada organización regional y con el apoyo de cuántos elementos puedan contribuir a la labor de estabilización.

Creemos más en la complementariedad que en la subsidiariedad. No se trata de que las Naciones Unidas no puedan o no deban intervenir en alguna circunstancia y, por este motivo, deba hacerlo una organización regional. Puede ocurrir, más bien, que el análisis de las circunstancias que rodean a todo conflicto o amenaza recomiende que sea esa organización regional la que intervenga en lugar, o en apoyo, de las Naciones Unidas. Hay ejemplos recientes de iniciativas que avalan lo anterior. La Operación Artemisa liderada por la UE en la República Democrática del Congo, que permitió a las Naciones Unidas aprovechar la capacidad de reacción y despliegue rápido de una organización regional. Asimismo, el caso de Kosovo, donde la seguridad es garantizada por la OTAN, mientras que las otras labores de consolidación de la paz quedan en manos de la UE, la OSCE y las Naciones Unidas, en un ejemplo único de división de tareas. También el caso de Afganistán, donde igualmente la responsabilidad de la OTAN en el mantenimiento de la seguridad complementa las actividades de UNAMA en los esfuerzos de consolidación de la paz . En varios conflictos africanos la presencia muy en particular de la Unión Africana y de la CEDEAO han aportado la experiencia y sabiduría propias de quienes conocen el terreno y comprenden mejor que nadie las demandas de la población local, complementando la labor de las NNUU tanto a la hora de ejercer la necesaria orientación política para encarrilar los procesos de negociación, como en el momento del despliegue de las misiones de paz. Cabe citar, por último, el caso de Bosnia Herzegovina, en el cual la OTAN, - y muy pronto la Unión Europea -, viene aplicando el mandato adoptado por este Consejo, en lo que supone una muestra de multilateralismo efectivo, con una óptima articulación entre el Consejo de Seguridad y las organizaciones regionales.

La tercera y última premisa en la que deseamos insistir es la que establece que la cooperación entre las Naciones Unidas y las organizaciones regionales debe adecuarse a las circunstancias concretas de cada caso. No existen dos organizaciones regionales iguales, ni dos conflictos iguales, por lo que resultaría poco efectivo establecer un modelo rígido de cooperación entre las Naciones Unidas y los organismos regionales. Ésta debe establecerse en virtud de las necesidades propias de cada caso, y aprovechando el valor añadido de cada organismo.

En ocasiones, la mejor fórmula será la de las consultas informales y el intercambio de información y opiniones sobre temas de interés común. En otras, mediante el apoyo diplomático de la organización regional a las actividades de Naciones Unidas en el establecimiento y la consolidación de la paz. Otras veces mediante un apoyo operativo o un despliegue conjunto y, finalmente, mediante el establecimiento de operaciones conjuntas.

Los modelos de cooperación deben tener presente que los procesos de estabilización han de concebirse de forma amplia, y no únicamente referidos a la fase de postconflicto. La estabilización debe incluir también las labores de prevención de conflictos donde garantizar la paz de una determinada región no sólo implicará acciones relativas a la seguridad o a la cesación de hostilidades, sino que exigirá también un esfuerzo enmarcado en las políticas de desarrollo que permita afrontar las causas profundas de todo conflicto. Me refiero, y sólo cito las más recurrentes, a las desigualdades socioeconómicas, la pobreza generalizada, la falta de condiciones sanitarias o educativas apropiadas. Y en este ámbito, dada la proliferación de organizaciones regionales de contenido económico, la cooperación de éstas con las Naciones Unidas puede ser fundamental, aumentando la coordinación de las actividades de desarrollo, así como las de asistencia humanitaria, con el objeto de evitar las muy frecuentes duplicidades, y optimizar los recursos.

En cualquier caso, deberían profundizarse los canales de comunicación entre las Naciones Unidas y las organizaciones regionales, mediante el establecimiento de unidades de coordinación o puntos focales que permitan un seguimiento diario de los asuntos de interés común. El mecanismo consultivo conjunto establecido por la UE y las Naciones Unidas el 24 de septiembre del año pasado es ejemplo de ello, permitiendo coordinar la acción de ambas en el área de la gestión de crisis.

A través de estas unidades se facilitaría no sólo un mayor intercambio de información privilegiada, sino también la posibilidad de compartir experiencias y lecciones extraídas en el pasado.

Pero también sería útil, de cara a facilitar la coordinación de las actividades sobre el terreno y aprovechar la mayor capacidad de despliegue rápido y el mejor conocimiento de la realidad local de las organizaciones regionales, que esos contactos se ampliaran a las actividades de formación, de modo que con el tiempo, se tienda a una homogeneización de la formación del personal que, en una u otra capacidad, forma parte de una misión en el terreno. Para que las ventajas de coordinar la acción de las Naciones Unidas con las organizaciones regionales se puedan hacer efectivas, es necesario un mayor esfuerzo para fomentar, en casos particulares, la capacidad de las organizaciones regionales que lo necesiten. Si no lo hacemos, la falta de recursos de algunas organizaciones hará difícil que las Naciones Unidas puedan apoyarse en ellas a la hora de garantizar el objetivo primordial del mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.

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